
El pasado viernes 22 de enero, la Youtuber Natalia Campos publicó un video narrando la historia de abuso que vivió siendo más joven por otro joven conocido como “Rix”, quien, además de ser su compañero de trabajo, era también un conocido de tiempo en su vida y una persona que ella consideraba como amigo; aquella categoría en la que encasillamos personas en las que depositamos nuestra confianza.
En su video ella narra de manera amplia, el abandono que sufrió por parte de otros individuos que se encontraban en el mismo circulo y a quienes acudió para solicitar apoyo, o mínimo una orientación o escucha, quienes le respondieron con un desagradable desinterés y minimización de lo que le había sucedido: UNA VIOLACIÓN.
Si omitiéramos su nombre, podríamos encontrarnos con una desagradable coincidencia: la historia de Natalia es la historia de muchas mujeres en México, en Latinoamérica y en todo el mundo. No se necesitan estadísticas, observatorios, o registros para que todos y todas podamos afirmar que las mujeres que rodean nuestra vida, todas ellas, en algún momento han sufrido o sufren algún tipo de acoso y/o abuso, específicamente por parte de alguien cercano a ellas: una pareja, una amistad o un familiar.
A raíz de la denuncia pública de Natalia, surgieron constantes comentarios y opiniones en los que se ponía en duda la credibilidad de la joven, por distintas razones: por no haber acudido inmediatamente a la vía legal, por haber guardado esa situación por tantos años, por estar buscando “fama” en dicha declaración, por haberse encontrado en estado de ebriedad etc.
Todas y cada una de estas acusaciones apuntado nuevamente la culpa en la víctima, y no en el violador.
México es un país que tiene inmersas hasta la raíz la cultura de la pedofilia y la cultura de la violación, siendo la segunda, la que dificultó y sigue dificultando el impulso de las denuncias públicas (no solo penales) de estas situaciones; No basta con utilizar únicamente los órganos punitivos del estado para terminar con estas problemáticas, puesto que muchas veces la víctima busca algo más que ello.
La víctima busca apoyo, credibilidad, escucha, comunidad y solidaridad por parte de sus círculos sociales, es por ello que las plataformas como las redes sociales juegan un papel fundamental en la creación de espacios seguros para las mujeres y personas que han sido violentadas sexualmente.
El video de Natalia no es únicamente un llamado de atención como muchas plataformas dedicadas a la desinformación lo han buscado hacer ver. Es un impulso para todas y cada una de las niñas, mujeres y adolescentes que han sentido abandono y soledad tras un abuso, por parte de familiares y amigos que anteponen relaciones, silencio y “paz” sobre la seguridad e integridad de las víctimas. Es la prueba de que la sororidad ha venido impregnarse en las nuevas generaciones de mujeres mexicanas y que puede trascender a otros espacios. Es una realidad que queremos ver desvanecida.
Ni una más.




