Opinión

La independencia que no fue

Por David Maldonado.

LA REPÚBLICA DE LAS LETRAS

Uno de los sucesos más importantes en la historia de nuestro país es el movimiento de independencia. Dicho movimiento duró 11 años, de 1810 a 1821; sin embargo, hay un pasaje muy interesante que pocos conocen, uno que hubiera cambiado el rumbo de la historia y que hubiera ahorrado 11 años de sangre y muerte por conseguir la libertad, les hablo de la independencia que no fue.

La madrugada del 16 de septiembre de 1810, un cura llamado Miguel Hidalgo tocó las campanas de la iglesia de Dolores para llamar a misa; pero no hubo misa, hubo revolución. Hablamos de Miguel Hidalgo, un hombre de 58 años de edad, aficionado al teatro, el juego de cartas y la fiesta, cura de profesión pero revolucionario de vocación, sacerdote con hijos, hombre que hablaba español y latín, además de tres lenguas naturales que le sirvieron para comunicarse directamente con los indígenas, y francés para leer a los ilustrados, esos que estallaron la revolución francesa. Fue un cura a caballo levantando pueblos y voluntades, abriendo cárceles para unir a los presos a su causa: fue un hombre y un mito.

El movimiento fue inmediatamente exitoso, conquisto personas y ciudades a su paso. La gente quería terminar con la colonia de las mil noches que parecía no tener fin. El cura Hidalgo llevó tras de sí el hartazgo de un pueblo que respondió con violencia contra los españoles, porque no solo luchaban por su libertad, sino también por la venganza contra sus opresores.

Los insurgentes fueron ganando territorio y batallas, una que llama especialmente la atención es la del Monte de las Cruces a finales de octubre de 1810, porque después de ella, Hidalgo y 100 mil insurgentes se encontraron de frente con la Ciudad de México, el último reducto de la corona española, se encontraron de frente con su libertad. Sin embargo, ocurrió algo inesperado, Hidalgo decidió retirarse, decidió mirar para atrás y convertirse en piedra.

Esta decisión inexplicable tiene una teoría, se dice que frente a la capital del virreinato Hidalgo tuvo temor de la masacre humana que se avecinaba y entonces decidió no avanzar. Nadie sabe que soñó Hidalgo aquella noche, lo que sí sabemos es que esa noche perdimos la oportunidad de obtener la libertad once años antes, y entonces quedó marcada como la noche de la independencia que no fue.

Luego Hidalgo perdió la batalla del Puente de Calderón y él junto con Allende, Aldama y Jiménez fueron capturados, sentenciados a muerte y fusilados. Les cortaron la cabeza y las colocaron en unas jaulas en las cuatro esquinas de la Alhóndiga de Granaditas, ahí estuvieron diez años hasta que se consumó la independencia de México.

La noche antes de su fusilamiento, Hidalgo se encontraba en su calabozo e imaginó qué habría pasado si aquella noche de octubre hubiera tomado la ciudad de México, cuántas vidas hubiera salvado, cuántos llantos hubiera remediado, cuántos años de sangre hubiera evitado. Pero el hubiera no existe, y al día siguiente al momento de su fusilamiento, Hidalgo se puso la mano derecha en el corazón, miró a sus verdugos fijamente, sintió la descarga feroz en el estómago, cerró los ojos y miró hacia adentro, hacía los rincones del alma donde habita el último suspiro.

 

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