A las seis de la tarde se entregan las antorchas y comienza la caminata. Así inicia cada una de las cuatro presentaciones del Festival de la Luz y de la Vida de Chignahuapan, que este año celebra tres décadas de historia con una producción renovada y 95 danzantes.
El recorrido parte del Centro Histórico, avanza por la llamada Calzada de las Almas y termina a la orilla de la laguna, donde se representa el tránsito de un alma hacia el Mictlán, el inframundo de la cosmovisión mexica.
Durante la primera presentación, las antorchas iluminaron el camino de los asistentes hasta el escenario natural, donde comenzó una puesta en escena inspirada en los nueve obstáculos que debe superar un alma para alcanzar el descanso eterno.
El viaje de un alma por los nueve infiernos
La representación comienza cuando el alma de un macehual, acompañada por su Xoloitzcuintle, despierta en el inframundo ante Tlaltecuhtli, Señor y Señora de la Tierra.
La deidad le indica que debe entregarse voluntariamente y adoptar la posición con la que esperó su nacimiento. También le advierte que tendrá que atravesar nueve difíciles pruebas para conseguir su descanso.
La primera ocurre entre serpientes, donde una jícara de colores brillantes atrae al viajero. Sin embargo, Sigualcóatl, protectora de las almas, le advierte que no debe dejarse llevar por las apariencias.
Después enfrenta la montaña de obsidiana, custodiada por Itzlacualiuhqui, y el Itzekayan, un lugar azotado por vientos de navajas que desgarran la carne. Ahí, Ehécatl lo invita a continuar y resistir.
El recorrido sigue entre almas que permanecen como banderas y otras pruebas que exigen al viajero cerrar los ojos y confiar en sí mismo. Más adelante aparecen jaguares hambrientos de corazones, ante los cuales su Xoloitzcuintle, identificado con el dios Xólotl, lo guía para que no se rinda.
El corazón, las batallas y la llegada al Mictlán
En otra etapa del recorrido, el alma lleva en la boca un jade, conocido como chalchihuitl, que representa su corazón. Ante Tezcatlipoca y sus fieras, debe bañar la piedra con su propia sangre.
Después llega al Timiminaloaya, donde lo alcanzan las saetas perdidas de las batallas. Una voz le recuerda que esas flechas representan los conflictos que enfrentó durante su vida y que su corazón se fortalece conforme avanza.
La travesía continúa por los nueve ríos, relacionados con los estados de conciencia. El ajolote acompaña al viajero, mientras un caimán verde custodia las aguas negras del Apanohuaya.
Tras vencer a su última fiera, representada como la sombra que siempre estuvo a su lado, el alma llega a las aguas de Chignahuapan, presentadas como la puerta al Mictlán.
Ante los dioses del inframundo, su teyolia —la esencia anímica— es declarada purificada y semejante a la de un recién nacido. La frase «no para siempre se vive allá en la tierra» da paso a la danza y al sonido de los caracoles, con los que concluye la representación.
Chignahuapan espera más de 80 mil visitantes
La edición de este año abrió con la presencia de la secretaria de Turismo del Gobierno de México, Josefina Rodríguez Zamora, así como autoridades estatales y municipales.
Durante el evento, Rodríguez Zamora reconoció el espectáculo y expresó su admiración por la puesta en escena. Por su parte, Rivera Trejo destacó que el festival fortalece la identidad de Chignahuapan durante las celebraciones de Día de Muertos y preserva una tradición que el municipio ha mantenido durante años.
Para esta edición, se espera la llegada de más de 80 mil asistentes. La celebración forma parte de la oferta turística de Puebla durante esta temporada, que incluye también el Valle de Catrinas y los altares monumentales de Tochimilco y Huaquechula.
Con 30 años de historia, el Festival de la Luz y de la Vida mantiene como escenario la laguna de Chignahuapan para ofrecer a visitantes una representación del viaje simbólico de las almas hacia el Mictlán.