Opinión

El “ponerse la camiseta” o de cómo hemos romantizado la explotación laboral

Por Sandra De la Garza.

Muchos de mis amigos y yo hemos coincidido en una verdad innegable y absoluta: estábamos muy equivocados cuando siendo niños anhelábamos ser adultos porque creíamos que era una fantasía de libertad ilimitada. Conforme hemos crecido y madurado entendemos que con el crecimiento académico y laboral vienen responsabilidades de las que no podemos deslindarlos, porque tenemos que asumir las consecuencias de nuestros actos y decisiones, y de alguna manera muchos jóvenes se sienten atados ante este nuevo panorama y prefieren huir del mismo.

Siendo así, es que entendemos que la verdadera libertad, esa con la que tanto hemos soñado, en un contexto más específico se traduce en independencia, y la independencia más latente en una sociedad como en la que vivimos (más allá del desarrollo económico de la región en que nos encontremos) es la financiera. La cual podremos obtener mediante una remuneración económica, es decir, un trabajo.

Es muy cierto que la idea de la holgazanería se encuentra muy relacionada con la idea de la juventud, y es muy cierto que un gran demográfico joven se encuentra desempleado y alejado de un registro académico, pero también es cierto que muchos jóvenes mexicanos trabajan desde una temprana edad en condiciones laborales deplorables y no pueden sustentarse más allá de necesidades básicas o mediatas. Pero entonces existe un paralelo, aquella juventud que por decisión o privilegio ha tenido oportunidad de realizar una carrera universitaria y así, aspirar a encontrarse en una posición más factible de tener una actividad laboral dignamente remunerada y con condiciones íntegras; una aspiración que muchas veces no se materializa, una aspiración que se refleja en 15 millones de mexicanos con formación universitaria de los cuales 5.4 no ejercen y 3.3 están desempleados, y de quienes tuvieron oportunidad de materializar este designio, 38% ganan seis mil pesos mensuales de acuerdo con cifras de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).

Los números son una sencilla manera de vislumbrar el deplorable panorama de la juventud mexicana: existen grandes posibilidades de encontrarse desempleado y de no ser así, las condiciones laborales y su remuneración serán precarias. Entonces sucede lo siguiente: nos adaptamos a lo que podemos obtener, aceptamos el trabajo de una paga mínima, porque la paga mínima es mejor que la paga nula, porque las horas extra son mejor que las horas muertas, porque necesitamos subsistir si anhelamos alcanzar aquel sueño de libertad.

Una vez dentro de este ámbito, se nos obliga a tener muy arraigada la idea del esfuerzo incansable como medio para el éxito laboral y económico: “Trabaja 10 horas”, “No duermas”, “Haz más que tus compañeros”, “Adula a tus jefes”, “Ocupa tu tiempo libre para seguir trabajando”, “Si descansas un fin de semana, eres un holgazán”, “Si te quejas, eres un conformista que quiere las cosas fácil”, etc. Y una de las situaciones más tristes en este conjunto de creencias es, que simple y sencillamente, es cierto. Si un joven no se desvive enfermizamente por su trabajo, es muy probable que lo pierda, y tomando en cuenta la situación de aislamiento social por la cuarentena en que la que (al menos algunos) vivimos, se acentúa esta convicción por parte de muchos superiores de poder disponer totalmente del tiempo de sus empleados ya que “están todo el día en su casa y no tienen pretexto para no trabajar un poquito más”. Vivimos en una constante competencia insana en la cual, en nuestra pirámide de prioridades, la salud mental ocupa el último y más despreciado peldaño. No importa si los niveles de estrés que hemos desarrollado sólo pueden tratarse con medicación, lo que importa es que nos paguen y que nuestra empresa siga siendo productiva gracias a nosotros, para que, a fines de año, recibamos una libreta, un termo y una pluma que nos haga sentir orgullosos de la institución en la que laboramos.

El propósito de esta reflexión no es recalcar ni insinuar a la juventud un conformismo con un mal empleo, es hace notar esta realidad que tenemos tan normalizada. Comúnmente se hacen señalamientos peyorativos hacia el poco desarrollo individual que muchos adultos jóvenes han podido implementar en comparación a como fue esto con sus padres y/o abuelos, es decir, ser propietario de una casa o terreno, tener un automóvil, casarse y tener hijos, etc. Porque se ha repetido esta idea (más comúnmente en adultos mayores de 50 años) de que somos una generación egoísta, por priorizarnos a nosotros mismos, por decidir no tener hijos, por optar a un alejamiento de familiares nocivos, etc. Pero lo que realmente somos va más allá de un interés particular, somos una comunidad que busca dignidad, libertad y respeto, para lo que somos, lo que fuimos y lo que seremos.

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