
Lo acontecido en Chipilo nos obliga a abrir los ojos de golpe, a afinar el oído y a pensar detenidamente qué fue lo que nos trajo hasta aquí. No es un caso aislado, por supuesto que no; pero sí fue brutalmente impactante, sobre todo al darme cuenta de que de este hecho solo estuve separado por minutos y algunos metros de distancia… más bien, centímetros.
El día de ayer llegué tres minutos tarde a mi taller, a abrir ese espacio donde todos los días me dispongo a crear, a imaginar un mejor mundo, un mejor lugar para vivir, un Chipilo diferente. Pero nada más lejos de mis pensamientos idealistas que la escena que se suscitó justo en la puerta de mi local. Una persecución, un hombre herido de muerte, un sicario corriendo por la calle, un tiroteo, un muerto, un conocido, un compañero de equipo que dejó este mundo a metros apenas del lugar donde cada semana compartíamos una misma pasión: el fútbol y la camaradería, algo que hoy se ha roto para siempre.

Aún sigo procesando las imágenes de los videos. Me estremece ver el momento exacto en el que el sicario, a punto de ser arrollado, se salva por milímetros frente a las puertas de mi laboratorio creativo. Lo que no logro sacarme de la cabeza es la pregunta inevitable: ¿qué habría pasado si en ese mismo instante yo, algún miembro de mi equipo o de mi familia hubiéramos estado ahí, cruzando esa puerta? En ese sitio que sentimos como un refugio, donde trabajamos de manera incesante para construir algo que hoy parece cada vez más cuesta arriba: imaginar un mundo mejor a través del arte.
Lo digo no desde la fría reflexión, sino desde la rabia y la reiteración. Desde que tengo memoria he amado a mi comunidad a pesar de sus defectos, de sus arbitrariedades, su egoísmo, su fanatismo, su crueldad y su indiferencia, males que siempre han estado presentes. Pero nunca había tenido tanta indignación ante estos vicios sociales. No puedo procesar el hecho de que los únicos responsables de que hayamos llegado a este punto seamos —y lo digo sin temor a las críticas, los insultos o las descalificaciones—: seamos los propios chipileños.

Desde hace ya varios años —tal vez tantos que los más jóvenes ni siquiera lo recuerden—, Chipilo era otro lugar. Los que pasan de los veinte o veinticinco años no me dejarán mentir: en esos tiempos el crimen era impensable. Un asalto o un robo a plena calle eran historias de otro mundo; jamás se veía a un foráneo faltarle el respeto a nuestra gente. Uno podía caminar a las tres y media de la mañana en total oscuridad por cualquier calle, sintiéndose no solo seguro, sino guardián de esa misma seguridad.

Con mucho orgullo me considero de los que vieron las banderas rojas desde el primer día. Las señales de alerta estaban ahí, y lo advertí: «Ya llegaron, y un día estos males nos van a invadir». Fue un Sábado de Gloria; ya no se permitía la fiesta en la calle, pero se organizó un evento privado donde, al menos en la invitación, éramos solo amigos, amigas, banda chipileña. Y sin embargo, ese día se dieron cita personas diferentes, desconocidas, ajenas. Personas con otra mirada, otros gustos, otra “cultura” y otra finalidad.
La fiesta se acabó. Nos sentimos invadidos: aquellas miradas extrañas iban directas sobre nuestras mujeres, la tensión cortó el aire, la música se apagó. Ese día murió la última fiesta de Chipilo, la última de esas celebraciones donde todo el pueblo cabía sin miedo.
Y fue ahí donde vino el auge. Llegó la banda sinaloense, los trocones del año, las gorras con gallos y caballos, las cadenas de oro más pesadas, los corridos a todo volumen, el acento “norteñón” impuesto a la fuerza, los cristales polarizados escondiendo lo que nadie quería ver.

¿Nadie lo notó? ¿Nadie se dio cuenta? Claro que sí. Muchos de mis propios amigos corrieron de inmediato a lustrarles las botas, a organizarles fiestas, a presentarles a sus hermanas, primas y amigas. Muchas conocidas les abrieron no solo las puertas de sus casas, sino que acudían en masa a echarles porras a su equipo de fútbol. Una auténtica adoración ciega hacia los nuevos dueños del pueblo, a esos personajes que sabíamos que ya no se irían nunca.
Sé muy bien que no todos los chipileños formaron parte de esta oleada de sumisión y adoración hacia los recién llegados. Pero para esta gente, Chipilo se volvió un paraíso. Se sintieron cómodos, arropados, libres de pavonear su cultura de atajo; porque aquí, lamentablemente, encontraron un terreno demasiado fértil.
Desde aquellos días hemos visto una cascada de señales, advertencias y sucesos que jamás se habrían suscitado si hubiéramos mantenido nuestros valores intactos. Afortunadamente, algunos de los primeros en correr a admirar esta nueva “cultura” se decepcionaron rápido; en ese momento, el pináculo de la adoración comenzó a menguar, pero ya era demasiado tarde.

Crimen en las calles, asaltos, balaceras, miles de motociclistas con cascos negros, coches que rondan las esquinas cargados de sujetos con miradas frías. Ranchitos y ranchotes que surgen de la nada en veinticuatro horas. Tipos que llegan gritando a los eventos públicos, pavoneándose, exigiendo un “respeto” que confunden con el terror y que ignoran por completo qué significa esa palabra.
Por supuesto que es responsabilidad de las autoridades encargarse de ese tema; claro que tiene que ver el gobierno en todos sus niveles. Pero no podemos limitarnos a culpar al poder sin detenernos a reflexionar qué hemos hecho mal como sociedad. ¿Cuáles han sido esas banderas rojas que decidimos ignorar? ¿Qué han hecho las familias, las escuelas, las instituciones, los artistas, los maestros, los empresarios y los profesionistas para promover el respeto, la seguridad, el desarrollo cultural y el fortalecimiento de la comunidad?
En pocas palabras: ¿Qué has hecho tú?
Para cerrar, invito a todos los miembros de nuestra comunidad a expresar su sentir. No todos pensamos igual: a algunos les dará igual, otros incluso se alegrarán, y muchos más sentirán miedo. Pero recordemos que el miedo es lo que nos paraliza, la indiferencia es la peor de las acciones, y desear que esto continúe es propio de descerebrados. Chipilo es un pueblo único, lleno de grandes virtudes, valores, fortalezas y de recursos materiales y humanos que podemos canalizar para construir un lugar mejor para vivir: más seguro, más próspero, más bello estéticamente, más funcional, menos corrupto y menos cruel. Pero, sobre todo, un lugar más humano.





