
Es recurrente la presencia de este término en espacios mediáticos últimamente, “inclusión”. De alguna manera esta palabra ha traído consigo una connotación negativa para quienes se perciben a sí mismos como defensores de los buenos principios y la moral antigua.
Pero ¿a qué nos referimos cuando tenemos estos términos en la mesa del diálogo?, la inclusión es la herramienta que ha buscado en recientes años, integrar a personas y sectores de la sociedad que se han rezagado, menoscabado, segregado e invisibilizado a lo largo de la historia; es simple y sencillamente abrirle las puertas en el espacio público a todo lo que se haya considerado como “la otredad” por distintas características.
¿Cómo podemos ejemplificarlo?, Sencillo, con la cultura popular:
“Una pareja de la comunidad LGBT ha tenido una aparición de 3.5 segundos en la última película de Disney Pixar”
Recuerdo que hace unos años, fui al cine a ver la secuela de aquella entrañable película que muchos jóvenes de la generación z vimos en nuestra infancia: “Buscado a Nemo”, ahora la cinta se concentraba en la historia de Dory, que buscaba a su familia. En aquella película, durante una fugaz escena de no más de un minuto, se pudo apreciar de manera sutil, la presencia de una familia lesbomaternal. Aquel pequeño detalle no aportaba a la trama más de lo que las parejas heterosexuales aportaron también, pero tenía un gran poder y significado tras sí; hacer ver normal lo que durante toda la historia se nos ha vendido como sucio, pecaminoso e inmoral.
No tardé en escuchar quejas de padres de familia e incluso jóvenes con la misma edad que yo por tan corto fotograma, les parecía inmoral que una aberración de tal magnitud pudiera aparecer en las pantallas que iban dirigiendo su contenido a un público infantil, sería que, dentro de su pensamiento, fuera tan horrendo aquel precepto en el que los niños pudieran ver como normal algo que ellos repudiaban (y repudian aún) irracionalmente.
Por otra parte, vi a muchos de mis amigos y amigas pertenecientes a este colectivo sentir un alivio y tranquilidad al percatarse de que tal vez, poco a poco las personas pudieran entender (especialmente a través de las siguientes generaciones) que ellos, como cualquier otra persona, tenían la capacidad y el derecho de amar, de sentir, de crear familias, de llevar una vida normal, etc.
En los defensores de los buenos valores y la pulcritud percibí odio. En los representados percibí agradecimiento.
Con esta experiencia me percaté que existen normas y creencias asumidas como normales o correctas desde la más pura infancia: el mundo es androcentrista, eurocentrista, heteronormado y clasista.
Nadie busca desplazar lo que se ha construido en un imperio, ni las mujeres que buscan representación quieren eliminar a los hombres, ni los homosexuales que exigen derechos buscan arrebatarlos a los heterosexuales, simple y sencillamente se busca un espacio en lo que es una convivencia tan reducida de garantías y derechos, que se ha venido a transformar en una gama de privilegios reservados.
No, aquel personaje afrodescendiente o indígena no es un personaje forzado, es una representación de lo que siempre ha existido y siempre se ha borrado. No, aquella escena de mujeres en el campo de batalla no es una escena forzada, es una representación de las luchas que no se han contado en la historia que escriben hombres blancos.
No existe tal concepto como la inclusión forzada, porque ningún ser humano es una existencia forzada.




